Soy la voz que hace que la gente grite. Pero yo grito por
ella.
El mundo me llama Cyrus Vale. Rockstar. Dios del escenario. El hombre con una
guitarra en las manos y una multitud dispuesta a sangrar por una canción más.
Pero Haven Gaillard me conoció antes de la fama. Antes del ruido.
La noche en que mi madre se casó con su padre, la odié a primera vista.
Quería su dolor. Soñaba con él. Vivía por la forma en que sus ojos ardían de
rabia mientras dulces lágrimas resbalaban por sus mejillas. Hacerla llorar era
lo único que lograba hacer que me sintiera completo.
Hasta que un día, me di cuenta de algo peor. Ya no quiero su dolor. La quiero a
ella.
Su ira.
Su tacto.
Sus ojos sobre mí como si yo fuera lo único en la habitación.
Intentó escapar, pero ahora mi musa ha vuelto. Y cada canción que escribo sigue
sonando como mi corazón gritando su nombre.
¿El problema?
No sé cómo desearla sin destruirla.
Y nunca he sido bueno soltando aquello a lo que soy adicto.
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