Cuando una superestrella de la NFL escucha a una camarera
de un pequeño pueblo cantar karaoke, queda enganchado desde la primera nota.
Lástima que ella no tenga ni idea de quién es… y aún menos interés en
descubrirlo.
El karaoke en el bar Bootlegger no es precisamente un contrato discográfico,
pero es un comienzo. No canto para el público. Canto porque algún día voy a
escribir canciones que escuche el mundo entero.
En cambio, llamo la atención de un running back de metro noventa, con hoyuelos,
descaro y un nombre que los aficionados al deporte corean los domingos.
Todo el mundo reconoce al instante a Gage Edwards.
Yo no.
Y aun después de descubrir que es un jugador profesional de fútbol americano en
la isla para el training camp, sigo sin impresionarme.
La fama no me deslumbra. Los músculos no me hacen cambiar de opinión. Y desde
luego no tengo tiempo para un hombre que desaparecerá cuando termine el verano.
Estoy ayudando a criar a mis tres hermanos pequeños, tengo una madre que
depende de mí y exactamente cero horas libres para un romance de verano… por
muy tentadora que pueda ser su sonrisa con hoyuelos (o esas manos pecaminosas).
Pero Gage no se marcha.
Aparece.
Por mí.
Por mi familia.
Por mi música.
Dice que quiere estar en mi equipo.
Qué curioso. No recuerdo haber publicado ninguna vacante para una posición
titular.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario