Es mi primer día como profesor en la Universidad. Me levanto nervioso pero con
muchas ganas. ¡Por fin podré pagar el crédito de mis estudios!
Todo va bien hasta que mi camisa de la suerte acaba empapada en café de camino
a la facultad. Esa loca descerebrada con la que me he tropezado, ¡ha tenido el
descaro de llamarme borrego a la cara! Una anécdota sin importancia de no ser
porque esa misma loca descerebrada aparece sentada en la quinta fila de mi
primera clase, roja como un tomate. Y porque es preciosa. Y es mi alumna.

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