El perro callejero más peligroso que jamás acogerás no
tiene cuatro patas. Tiene acento ruso, lleva la mano de una niña pequeña entre
las suyas y cuenta con el respaldo de la Bratva.
Dirijo un refugio en Savannah. Cuido de los desamparados, los abandonados,
aquellos a los que todos los demás han dado por perdidos. Así que cuando un
hombre llama preguntando por un perro para su hija, pienso que es como
cualquier día.
No podría haber estado más equivocada.
Alexei Agapov echa un vistazo a la sala antes de que sus ojos se posen en mí.
Mirada azul hielo. Tatuajes asomando por el cuello de la camisa. Todas las
advertencias que mi madre me hizo alguna vez, envueltas en un único y
pecaminoso paquete.
Así que, de forma natural, meto la mano en el bolsillo para enseñarle mis
archivos del refugio… y le doy una galleta para perros.
(En mi defensa, diré que me distrae mucho).
Es su hija quien logra conquistarme. Ivy. Seis años. Una alegre risa que se
esparce por toda la sala. Y un padre que la mira como si fuera lo único tierno
que le queda en el mundo.
Ella sigue viniendo. Semana tras semana. Durante un tiempo, es fácil fingir que
Alexei es solo un tipo rico y misterioso con una hija callada.
Pero entonces vienen a por Ivy.
No se la llevan, pero ella está demasiado destrozada para dejar que nadie se
acerque. Nadie excepto yo.
Así que la sigo tras sus verjas, al único lugar donde su padre puede mantenerla
a salvo. Puedo resistirme a un hombre peligroso. ¿Pero a un corazón roto que
necesita una segunda oportunidad? Nunca.
No dejo de decirme a mí misma que es temporal. Que puedo preocuparme por Ivy y
aun así marcharme.
Estoy mintiendo. Sobre cada parte de esto.
Porque en el mundo de Alexei, el amor es moneda de cambio. Y nadie puede saber
que estoy embarazada de él.

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