Una bala. Una decisión. Un instante que los condena a ambos.
Debería haber seguido caminando cuando oí disparos resonando en las callejuelas
brumosas del centro de Nueva York.
Debería haber corrido cuando lo encontré desangrándose en el callejón, con los
dedos aferrados a la empuñadura plateada de una pistola.
En cambio, me arrodillé en su sangre y le detuve la herida con mis propias
manos.
Elegí salvarlo, aunque eso me convirtiera en cómplice de un crimen que no
comprendo.
Ese es el peligro de esta ciudad. Un giro equivocado puede atraparte en una red
que jamás debiste encontrar, y hombres como él no toleran cabos sueltos.

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