Abril Rovira vuelve a Cala Saurina con una idea muy clara: vender Lola y Sal,
el chiringuito familiar, cerrar esa parte de su vida y marcharse antes de que
el verano vuelva a mancharlo todo.
Lo que no entra en sus planes es encontrar a Biel Ferrer dentro del almacén,
con las llaves en el bolsillo, las neveras funcionando a medias y demasiada
memoria pegada a la barra.
Él se quedó.
Ella huyó.
Y ahora los dos tienen que aguantar tres semanas bajo el mismo toldo, entre
proveedores, facturas, turistas pesados, amigas que opinan demasiado y un
pueblo que mira incluso cuando finge no mirar.

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