Lo reconozco, soy la oveja negra de la familia: un desastre con patas , sin
marido, sin hijos y sin carrera.
Así que adivina a quién le ha tocado comerse el marrón de ir a un pueblo
costero de mala muerte (¡pero en Florida!) para vender la tienda de
antigüedades que dejaron mis abuelos.
Solo tres semanas. Inventariar, tasar, vender, cobrar, largarse. Vale, puedo
hacerlo, se me da bien la parte de largarme. Es mi único superpoder.
Lo que no se me da tan bien: ignorar al jefe de policía del pueblo.

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