Nos arrebataron la libertad.
Nos rompieron.
Nos marcaron.
Nos enseñaron a callar, a obedecer, a bajar la mirada
incluso cuando todo dentro de nosotras gritaba. Nos quitaron la seguridad, la
voz, la confianza y la vida que alguna vez creímos nuestra. Creyeron que, con
suficiente miedo, terminaríamos olvidando quiénes éramos.
Pero hay cosas que no mueren.
No el orgullo.
No el deseo de venganza.
No esa pequeña chispa de esperanza que sigue ardiendo incluso en la oscuridad
más profunda.
En nuestro camino aparecen hombres de los que deberíamos
huir. Hombres peligrosos, posesivos, llenos de secretos y sombras. Hombres que
no prometen salvarnos sin antes arrastrarnos al borde del abismo. Con ellos, el
deseo no es suave. La confianza no llega fácil. Y el amor no nace limpio.
A veces son refugio.
A veces son amenaza.
A veces son la única mano capaz de sacarnos del infierno… aunque esa misma mano
pueda destruirnos.
Pero no somos solo víctimas.
No somos lo que nos hicieron.
No somos las cicatrices que otros dejaron sobre nuestra piel.
Somos las que sobrevivieron.
A las cadenas.
Al miedo.
A la culpa.
A la oscuridad.
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