Exiliada de mi hogar tras matar en defensa propia, fui
condenada a morir a manos de monstruos.
Creí que ser arrastrada a través del portal por bestias escamosas significaría
mi fin, pero entonces un demonio resplandeciente acabó con ellos y se los
comió. Rodeada de un páramo desolado, la única esperanza de supervivencia la
tenía la criatura que, sin querer, me había salvado; así que lo seguí.
Por lo visto, yo no era su tipo de comida. O tal vez me estaba guardando para
el postre, pero ¿qué otra opción tenía?
El demonio de casi tres metros, con sus abultados músculos grises y runas
azules brillantes, claramente no entendía de humanos ni de espacio personal.
Sobre todo cuando su cola se enroscaba constantemente alrededor de mi tobillo.
Debería haberme asustado, pero su naturaleza posesiva solo conseguía atraerme
hacia él, y no quería resistirme a esa atracción.

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