Dominic Thorne tiene treinta y seis años para demostrar que no mató a su madre
al nacer.
Su padre—billonario moribundo con talento para convertir amor en
competencia—acaba de anunciar que el primer nieto varón hereda sesenta por
ciento del imperio familiar. Tres mil millones de dólares. Control absoluto.
Redención que Dominic persiguió toda su vida.
Hay un problema: es infértil.
La solución es simple. Clínica. Completamente monstruosa: contratar gestante
subrogada. Pagarle suficiente para que desesperación supere dignidad.
Diseñar paternidad como transacción donde él controla cada variable.
Caterina Valdés tiene tres semanas antes de que deudas de ochocientos mil
dólares la destruyan.

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