Su familia lo llama Tío Langosta. Sus amigos lo llaman Kru.
Yo solo lo conozco como mi aventura de una noche convertida en el señor Irrita…
, digo, mi casero.
¿Cómo iba a saber que nuestra noche ardiente en el club —y las dieciocho horas
de pasión que le siguieron— terminarían con él mudándose a Bayshore y abriendo
un restaurante justo al lado de mi tienda de malvaviscos viral en redes
sociales?
Era casi el hombre de mis sueños…, pero todo el mundo sabe que los malvaviscos
no combinan con la langosta. Que hiciera un agujero en mi depósito es la menor
de mis preocupaciones. Ha comprado el edificio y planea echarme a la calle .
Seis años de trabajo duro, directos a la trampa de langostas. A menos que yo
tenga algo que decir al respecto; y lo tengo, a los gritos, incluso en medio de
la hora pico de la cena en su restaurante.
La vida sería más fácil si pudiera odiarlo y seguir adelante. Pero cuanto más
peleamos por el cuarto trasero compartido y discutimos por las sombrillas en el
patio, más recuerdo por qué tuvimos nuestra noche ardiente en primer lugar.
El tío Langosta no es solo mi irritante usurpador.
También podría ser mi pareja perfecta.
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