Estoy a puntito de convertirme por fin en una psicóloga titulada. ¿Doctorado?
Listo. ¿Puesto de posdoctorado prestigioso, proporcionando terapia a
millonarios consentidos y celebridades de segunda categoría cuyos lattes de
especias de calabaza cuestan más que mis Converse y sirven como excelentes
proyectiles durante sus rabietas dignas de reality show? Listo. ¿Carta de
recomendación de mi supervisora que parece un velociraptor?
Eso va a necesitar un milagro. No solo porque mi jefa dice que tengo que curar
el bloqueo de escritor de nuestro cliente más preciado a tiempo para que cumpla
su fecha límite imposible, sino también porque ese cliente resulta ser…
Thomas Maldito O’Reardon.
Sí, ese Thomas O'Reardon. El autor bestseller perversamente brillante,
dolorosamente hermoso y devastadoramente británico cuyos thrillers psicológicos
llenan mi estantería en casa y cuyo rostro puede que imagine o no mientras… ya
me entiendes. Sentarme en un espacio cerrado con él; inhalar el aroma fresco y
limpio de su colonia; mirar fijamente sus ojos azules y melancólicos mientras
trato de recordar asentir y escuchar y dar sugerencias que no impliquen
quitarnos la ropa… es una tortura.
Así que, cuando Thomas me invita casualmente a salir al final de una sesión de
terapia, me veo obligada a tomar una decisión imposible: decir que sí y
arriesgarme a perder el trabajo de mis sueños, o decir que no y arriesgarme a
perder al hombre de mis sueños. En pánico, suelto una tercera opción, la única
solución que se me ocurre que me permita ver a este hombre después del horario
laboral sin que se considere una violación ética que termine con mi carrera:
terapia de grupo.
¿El único problema? Nunca he hecho terapia de grupo en realidad. Y problema
secundario: mis otros clientes son… todo un reto. ¿Pero qué es lo peor que
podría pasar? Quiero decir, no es como si fuera a perder todo el control del
grupo y dejarlo convertirse en un club de pelea caótico, sediento de sangre y
sin camisetas.
¿Verdad?

No hay comentarios.:
Publicar un comentario