Claudia no cree en medias tintas ni en promesas que no se sostienen con hechos.
Adrián no sabe vivir desde la calma ni construir nada que no implique cierto
riesgo.
Claudia necesita certezas para avanzar sin mirar atrás. Adrián se mueve con
soltura, precisamente en los lugares donde reina la incertidumbre.
Claudia confía en lo que ve, en lo que puede tocar y entender. Adrián ha
aprendido a convivir con aquello que no siempre tiene una explicación clara.
Ambos llevan tiempo caminando en la misma dirección, encontrando un equilibrio
propio entre dos formas opuestas de percibir el mundo.
Nadie dice que sea sencillo, pero sí auténtico. Lo suficiente como para bajar
la guardia, lo suficiente como para pensar que lo más difícil ha quedado atrás.

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