Fui vendida dos veces.
La primera, por mi propio padre, al jefe de la mafia irlandesa para saldar una
deuda de juego que jamás habría podido pagar.
La segunda, en un intento desesperado por salvarme de esos mismos irlandeses,
cuando acudió al único hombre lo bastante poderoso como para arrancarme de sus
garras:
Konstantin Morozov.
El Ángel de la Muerte.
El jefe de la Bratva rusa.
El hombre que creyó haber cerrado el negocio perfecto al casarse con una esposa
italiana dócil, agradecida y fácil de controlar.
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