El martillo resonó, sellando el destino de Marta. Culpable. Doce meses. La hija
de los dueños de Arroyo and Co, el Angel silencioso que leía libros lejos de la
atención pública, era ahora una criminal. Las lágrimas se le atragantaron al
ver la fría compasión en los rostros de su familia, vestida con trajes de
diseñador. Su padre la abrazó, su madre la consoló, pero la frialdad de sus
ojos hablaba de un futuro arruinado.
Cuando su hermana Clara se acercó, murmurando sobre «ser una buena hermanita»,
Marta asintió. «Lo haré», dijo, y la mentira que la condenaba se hizo más
pesada que cualquier otra cosa. Mientras un guardia la sacaba de la habitación,
su familia respiró aliviada.


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