Siempre me dijeron que las personas echaban raíces donde se plantaban. Pero las mías crecieron entre los corazones de dos hermanos que vivían en el extremo opuesto de la mansión. Desde niña, creí que eran mis protectores… hasta que descubrí que era quien debía protegerlos.
A los ocho años, comprendí que mi destino no era vivir en paz, sino convertirme
en el arma que liberaría a nuestra familia de la jaula que la mantenía cautiva.
Mientras los gemelos observaban cómo me rompían para reconstruirme como algo
más fuerte, yo asumía el papel que el linaje exigía.
Pensé que lo entendían. Pero cuando llegó el momento de abrazar mi destino, lo
rechazaron. Me ofrecieron otra vida, otro camino. Incluso con mi corazón en sus
manos, no pudieron convencerme. Se marcharon, quebrando las raíces que nos
mantenían unidos.
Sin ellos, nos vimos obligados a pactar con un enemigo poderoso. Y cuando los
gemelos regresaron, no fue por mí… fue para declarar la guerra.
Ahora estamos en bandos opuestos. Y en medio del campo de batalla, mi corazón
sigue atrapado entre dos reyes perdidos.
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